sábado, 23 de abril de 2016

OBSERVAR

La persona realizada vuelve al mundo como un hombre corriente. A veces puede que ni siquiera te des cuenta de que uno de ellos vive en tu barrio. Puede que alguien que conozcas esté tan completo que ese hombre parecerá un hombre corriente, porque el esfuerzo por parecer extraordinario es aún una hinchazón del ego. Así que ¡ten cuidado!, puede que estén pasando muchos de ellos por el mercado. Y estate alerta, justo a tu lado puede que haya un buda que ha completado el círculo.

En Oriente nos inclinamos al saludarnos en memoria de Dios. En Occidente dices hola a alguien, dices buenos días, buenas tardes. En Oriente no decimos eso, decimos: jai ram, Dios es grande. Reconocemos al dios que hay en el otro. Saludamos al dios que hay en el otro. Quién sabe, puede que haya completado el círculo.

En ese profundo reconocimiento no hablamos de la mañana o de la moche, o de la tarde; eso es inútil. “Buenas noches” es sólo una formalidad; “buenos días”, sólo una formalidad. Pero cuando alguien dice jai ram –me inclino ante el dios que hay en ti- no es sólo una formalidad. Tiene un significado tremendo. Quiere decir: quién sabe, no estoy muy alerta, y la otra persona puede ser Dios mismo. Deja que me incline ante él.

Cuando un buda completa el círculo, está de vuelta en el mundo. Ahí es donde empiezan todos y ahí es donde todos deberían terminar.

Ahora, la división entre mundo y nirvana se pierde. Este mundo y ese mundo, esa división se pierde. Lo profano y lo sagrado, esa división se pierde. Ahora todo es sagrado o profano, porque todo es uno. Lo llames mundo o nirvana, no cambia nada.

Los dichos de este tipo de los maestros zen preocupan mucho a personas de otras religiones. Los maestros zen dicen: Este mundo es nirvana, este mundo es iluminación, supremo, esencial, y no hay otro mundo. Esto preocupa y crea ansiedad en otras personas religiosas, porque no pueden pensar que lo profano puede ser sagrado, que lo ordinario puede ser extraordinario, que los guijarros del camino son diamantes. Pero es así, y ese entendimiento del zen es absolutamente verdadero.

El otro mundo no está en ninguna otra parte, está aquí ahora. Sólo necesitas percepción, claridad. Cuando tus ojos están limpios, los guijarros se vuelven diamantes. Cuando alcanzas la claridad, todas las piedras se convierten en imágenes de Dios. Cuando alcanzas la realización de tu propio ser, de pronto has realizado la totalidad. No hay otro mundo; éste es el único mundo que existe.

Pero hay dos maneras de verlo: una es con los ojos vendados. No está bien decir que sea esa una manera de ver, es una manera de no ver. Y luego hay otra: con los ojos abiertos, limpios, transparentes, con sensibilidad. Entonces, de pronto todo es bello, divino, sagrado. Estés donde estés, estás en terreno sagrado. Lo más sagrado de lo más sagrado te rodea.

Haciendo cosas corrientes: limpiando la casa, preparando la comida, ocupándote de tu huésped.

Y esté donde esté, me rodea la dicha. Ya no es algo que me sucede, es algo que se ha convertido en mi cualidad intrínseca. No es que a veces esté dichoso y a veces no; se ha convertido en mi naturaleza misma, soy gozo. Porque no es cuestión de alargar la vida. Uno vive eternamente. Ya no hay muerte, así que ¿para qué alargar la vida?

Los yoguis han estado muy preocupados, casi obsesionados, con la idea de alargar la vida, con vivir mucho tiempo. Ese deseo está en lo profundo de toda persona. ¿Por qué? ¿Qué importa si tienes cincuenta o ciento cincuenta o trescientos años? Aún estás identificado con el cuerpo, y aún tienes miedo a la muerte.

He oído acerca de un sadhu en el Himalaya que decía que tenía mil años. Un hombre occidental había recorrido miles de kilómetros para ir a verlo, sólo porque había oído que tenía mil años: “Es imposible, pero quizá... En Oriente pasan cosas...”.

Llegò, observó al hombre, pero no podía creerlo. El hombre no parecía tener más de sesenta años. Observó durante algunos días, pero no podía creer que tuviera mil años, sesenta como mucho. Incluso eso era demasiado. Por fin se armó de valor, y preguntó a uno que parecía ser el discípulo principal:

-¿Tú qué piensas? ¿Tiene realmente mil años?

El discípulo dijo:

-Yo no sé mucho, porque sólo he vivido con él trescientos años.

¡Y el discípulo no tenía más de treinta años!

La mente humana es estúpida. Pero la atracción tiene un sentido profundo: muestra que tienes miedo a la muerte. Te despierta el interés que alguien tenga mil años, entonces quizá también te pueda ayudar a ti. Quizá te pueda dar algún secreto, alguna fórmula alquímica, alguna clase, y tú también vivirías mucho tiempo. Pero el zen no está interesado en una vida larga, porque el zen dice: Una vez que te comprendes a ti mismo, hay vida eterna. ¿A quién le importa una vida larga?

Una vida larga es aún un deseo del cuerpo, un hombre identificado tiene mucho miedo a la muerte. Un hombre de entendimiento sabe que no existe la muerte. La muerte no sucede; nunca ha sucedido. Sólo sucede porque estás identificado con el cuerpo y no te conoces a ti mismo. Sí, serás separado del cuerpo. Si estás demasiado identificado, la separación parece una muerte. Pero si no estás identificado con el cuerpo y sabes que eres el alma que observa, la consciencia, entonces no hay muerte.

Un hombre que ha alcanzado el centro más profundo de su ser está tan lleno de vida que dondequiera que va derrama su vida sobre todas las cosas. Se dice que cuando Buda entraba en el bosque, los árboles muertos cobraban vida y los árboles florecían fuera de estación. Puede que sean sólo historias, pero son muy significativas; mitológicas, no históricas, no ciertas en el sentido histórico, pero, sin embargo, ciertas en un sentido más profundo. Cuando estás vivo, todo lo que tocas toma vida. Cuando estás muerto, todo lo que tocas muere. Tu contacto se vuelve venenoso.

1 comentario:

Aleida Rincón dijo...

Mil gracias por esta y todas las enseñanzas que comparte. Con su permiso la comparto. NAMASTÉ 🙏

Buscar este blog