sábado, 10 de octubre de 2020

LA CUALIDAD DEL EGO

Dios está en ti, Dios está ahí, tú lo aceptas; eso es todo. Si no lo aceptas, él no entrará porque no puede destruir tu libertad, él protege tu libertad. Si tú dices no, él no va a entrar en tu ser. Si en tu puerta está escrito que no se acepta a nadie sin tu permiso, él esperará. Él ni siquiera va a pedirte permiso; simplemente esperará, porque incluso al pedirte permiso está interfiriendo en tu libertad. Él esperará. Él no hará sonar el timbre; simplemente esperará. Dios está en todas partes, esperando, y espera muy silenciosamente... por eso no se siente su presencia, parece casi ausente. 

¿No lo ves? Dios parece ser la mayor ausencia en el mundo. Por eso pueden existir los ateos, y pueden decir: “¿Dónde está tu Dios? Nosotros no vemos nada”. Él no interfiere en absoluto; él te permite una libertad total y la libertad total implica también ir contra Dios. 

 Tu naturaleza está en la dicha. Tú estás hecho del ingrediente llamado dicha. No obstante, tienes que admitirlo, tienes que relajarte, tienes que soltarte; no existen los motivos, sólo es necesario soltarse. En consecuencia, teóricamente, te puede suceder en este preciso momento; no se debe desperdiciar una fracción de segundo. 

Si hay una causa, entonces… entonces será necesario un largo tiempo y, aun así, uno nunca sabe: puede que tengas éxito, puede que no. Capta la diferencia entre la actitud hinduista y la actitud taoísta. 

Los hinduistas, los jainistas, los budistas, todos ellos dicen que el karma de vidas pasadas se tiene que limpiar. Mucho es lo que se tiene que hacer, se necesita una gran disciplina; sólo entonces tendrás la posibilidad de lograrlo. 

Lao Tzu, Bodhidharma, Lin Chi, todos ellos dicen que no se necesita nada, sólo que lo aceptes. Relájate, acéptalo y en este mismo momento empezará a fluir en ti. Un hombre pobre no tiene nada que motive su felicidad, no tiene por qué sentirse feliz. Si estuviera amargado sería comprensible; si estuviera deprimido sería comprensible. La alegría existe, sencillamente existe. No tiene ningún motivo, de ahí que no sea posible encontrar un método, sólo la comprensión. Hay una alegría. No puede haber muchas. Puede haber muchas enfermedades, pero no puede haber muchas “salubridades”. Tú puedes tener tu enfermedad, yo puedo tener la mía y alguien más la suya; no obstante, si yo estoy saludable y tú estás saludable y alguien más está saludable, ¿cuál es la diferencia? ¿Puedes hacer una distinción entre mi salud y la tuya? No hay ninguna posibilidad; la salud es universal, y la enfermedad es personal. La enfermedad proviene del ego, la salud no proviene del ego. La enfermedad proviene del cuerpo, de la mente; la salud proviene del más allá, y el más allá es uno. 

Mi cuerpo difiere del tuyo; naturalmente yo tendré una enfermedad diferente, tú tendrás una enfermedad diferente, pero ¿la salud? La salud es una, simplemente: tiene el sabor, siempre el mismo sabor, eternamente el mismo. 

Alguien le preguntó al Buda: “¿Qué sabor tiene tu estado búdico?”. Él dijo: “Ve y saborea el mar, saboréalo por todas partes; por esta orilla, por cualquier orilla o en cualquier playa. O ponte en medio del océano y saboréalo, o ve a la otra orilla y siempre encontrarás el mismo sabor, el mismo sabor salado. El estado búdico tiene un sabor”. Todos lo que se han convertido en budas han llegado al mismo sabor. La salud tiene el mismo sabor. Si un niño es saludable, un joven es saludable, un anciano es saludable, todos tienen también un mismo sabor. Si una mujer es saludable y un hombre es saludable tendrán el mismo sabor. No obstante, las enfermedades son diferentes. 

En la actualidad, la ciencia médica afirma que incluso cuando dos personas sufren de la misma enfermedad, las dos enfermedades no son las mismas. Sucede en consecuencia que si padeces una enfermedad –a lo mejor tuberculosis- y tu esposa sufre la misma enfermedad, las mismas medicinas no servirán para los dos. Tú necesitas una medicina y tu esposa necesita otra clase de medicina. Por eso se necesita un médico; de otra manera con el farmacéutico será suficiente. 

Si se ha decidido que para la tuberculosis hace falta esta medicina, entonces ¿qué necesidad hay de ver al médico? El farmacéutico puede suministrarla. En la actualidad, cada vez más, debido a que la ciencia médica está profundizando en el fenómeno de la salud y la enfermedad, se están dando cuenta de que cada enfermedad lleva consigo una personalidad: va con la persona. Por tanto, dicen: no trates la enfermedad, trata a la persona. No te preocupes demasiado por la enfermedad. Mira a la persona, a su personalidad en conjunto, su forma de vida, sus actitudes, sus pautas de comportamiento. Míralos y entonces encontrarás que el nombre “tuberculosis” puede ser el mismo, porque sería muy difícil tener nombres separados para cada cosa, pero cada tuberculoso sufre de una manera diferente y se hace necesario que su tratamiento sea distinto al de los demás. 

 Las enfermedades son personales, pero ¿la salud? La salud es impersonal, es universal. Lo mismo la alegría. La infelicidad es una enfermedad; la alegría es salud, bienestar. La alegría es una. 

Cuando dices que tienes muchas alegrías no sabes lo que es la alegría. Puede que hables de placeres, puede que hables de tus llamados “momentos de felicidad”, que en realidad no son momentos de felicidad, sino de menor infelicidad. Una persona es muy infeliz; entonces un día se siente menos infeliz y dice: “Me siento muy feliz”. 

Esto es simplemente relativo; esa persona no sabe qué es la felicidad. Sólo conoces algunas veces una infelicidad muy intensa, y otras veces una infelicidad menos intensa. Cuando no es tan intensa dice: “Me siento feliz”. Tú puedes observarlo en ti mismo. ¿has sabido alguna vez lo que es la felicidad? ¿Conoces su sabor? Tú sólo has conocido diferentes estados de infelicidad. 

Algunas veces la infelicidad es tan grande que se hace insoportable. Algunas veces es soportable, controlable, la puedes tolerar. Pasas de menos infelicidad a más infelicidad, de más infelicidad a menos infelicidad, pero no sabes lo que es la felicidad, porque una vez sabes lo que es, entonces no es necesario en absoluto ser infeliz, porque tienes la clave. Puedes abrir esa puerta cada vez que decidas abrirla. 

No obstante, tú no puedes abrir la puerta de la felicidad; esto simplemente te indica que no tienes la clave. Tú sólo conoces los estados relativos del mismo fenómeno: algunas veces está muy oscuro y no puedes ver en absoluto, otras veces no está tan oscuro, hay penumbra; pero tú no conoces la luz. La luz no es un estado relativo de oscuridad, la luz no es menos oscuridad. 

Recuerda: la luz es una clase totalmente diferente de energía; no tiene nada que ver con la oscuridad. La luz y la oscuridad no pueden existir juntas en la misma habitación. La luz es algo positivo, la oscuridad es algo negativo; la infelicidad también lo es. El ser humano siempre ha pensado de sí mismo que es la creación suprema de la existencia. El ser humano siempre ha pensado que casi es Dios, y se siente muy feliz. No obstante, ¿cómo puede ser posible la felicidad con un ego? La infelicidad viene con el ego. Y éste es uno de los mayores argumentos del egoísta: el hombre casi es Dios, y esto lo decimos solamente para ser corteses. 

En el fondo sabes que Dios es casi como tú. Aunque seas un gran devoto, una presunta gran persona “religiosa”, a cada momento estás tratando de manipular a Dios a tu conveniencia. “¡Cumple con mi voluntad!”. Esto es todo lo que implican tus oraciones: “¡Hazlo como yo quiero. Escúchame”. Todo tu esfuerzo consiste en convertir a Dios en tu sirviente. Le llamas “Señor”, “Maestro”, pero eso sólo es un soborno; tú estás tratando de manipularlo. Tú dices: “Yo no soy nadie. Tú lo eres todo”, pero en el fondo tú sabes quién es quién. En realidad, incluso cuando luchas por tu Dios, lo haces por TU Dios. Incluso cuando te sacrificas en algún pedestal, en algún altar, es por tu Dios por el que te sacrificas. Cuando te inclinas ante una imagen de Dios en un templo, o en una mezquita, o en una iglesia, lo haces ante la imagen que has creado, lo haces ante tu Dios. Te inclinas ante tu propia creación. Te inclinas ante un espejo. Te ves reflejado allí y dices: “¡Qué hermoso!”. 

Si un cristiano dice cómo es Cristo de hermoso, si un hinduista dice cómo es Krishna de hermoso, si un budista dice cómo es el Buda de hermoso, el budista no aceptará que Cristo es hermoso; eso no satisface a su ego. El cristiano no aceptará que el Buda es hermoso; eso no satisface a su ego. El hinduista no puede creer que Cristo o Mahoma, o Moisés sean hermosos; esto no satisface a su ego. Recuerda: nosotros estamos satisfaciendo a nuestros egos de todas las maneras posibles: abiertas o sutiles, directas o indirectas. Y una persona realmente religiosa es la que sabe esto, la que toma consciencia de esto, y en este estado de consciencia el ego desaparece. Una persona religiosa tiene que saber que “yo no soy”, y en esa experiencia de “yo no soy” fluye la alegría.

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