sábado, 24 de julio de 2010

LA FALSEDAD DEL EGO

Cuan­do uno empieza el viaje interior todo resulta claro, delimitado, porque el ego es el que controla y el ego tiene todas las guías, el ego posee todos los mapas, el ego es el amo. Cuando avanzas un poco más en el viaje, el ego empieza a evaporarse, parece ser más y más falso, parece ser más y más un engaño, una alucinación. Uno empieza a despertar del sueño; entonces se pierde toda referencia. Ahora el antiguo amo no es ya el amo y el nuevo amo todavía no ha surgido. Hay confusión y caos. Es una buena indi­cación. La mitad del viaje ha transcurrido, pero existe una incó­moda sensación, una incierta inquietud, porque te sientes perdido, un extraño para contigo mismo, sin saber quién eres. Antes, sa­bías quién eras: tenías tu nombre, tu apariencia, tu dirección, tu cuenta en el banco... todo estaba claro; eso eras tú. Te identifica­bas con el ego. Ahora el ego se está evaporando, la vieja casa se está desplomando y no sabes quién eres, ni donde estás. Todo es brumoso, lóbrego y la antigua seguridad se ha perdido.

Es bueno, porque la antigua seguridad era una falsa seguridad. No era, en realidad, una seguridad. Allá oculta estaba la inseguri­dad. Por eso, cuando el ego se evapora, te sientes inseguro. Ahora te son reveladas las capas más internas de tu ser; te sientes un extraño. Fuiste siempre un extraño. Sólo que el ego te engañó haciéndote sentir que sabías quién eras. Era un gran sueño, parecía verdaderamente real. Por la mañana, cuando te levantas de dormir, de repente no sabes quién eres, dónde estás. ¿Lo has ob­servado alguna vez por la mañana? Cuando de repente te despier­tas de dormir, durante unos instantes no sabes quién eres; ni donde estás, ni qué está sucediendo. Lo mismo ocurre cuando uno sale del sueño del ego. Percibirás una incomodidad, una intranquili­dad, una ausencia de base, pero deberías ser feliz por ello. Si esto te apena, volverás al antiguo estado donde todo era una certeza, donde todo estaba cartografiado, planificado, donde tú sabías, donde las referencias estaban claras.

Deja de sentirte inquieto. Y aunque lo estés, no dejes que te impresione. Déjalo estar, obsérvalo y desaparecerá. Pronto esa intranquilidad desaparecerá. Está ahí simplemente debido al an­tiguo hábito de la seguridad. Desconoces cómo vivir en un uni­verso inseguro. No sabes cómo vivir en la inseguridad. Esa in­quietud está ahí debido a la antigua seguridad. Se debe al viejo hábito, es un resto. Desaparecerá. Simplemente has de esperar; observa, relájate y siéntete feliz de que algo haya sucedido. Y te digo que es una buena señal. Muchos han regresado desde este punto sólo para sentirse de nuevo cómodos, tranquilos, en casa. Se lo han perdido. Estaban acercándose a la meta y dieron la vuelta. No lo hagas; continúa hacia adelante. La inseguridad es buena; en ella no hay nada malo. Sólo has de sintonizarte con ella; eso es todo.

Estás sintonizado con la absoluta certeza del ego, con el uni­verso de seguridades del ego. Por muy falso que sea superficial­mente, todo parece ser como debiera ser. Necesitas sintonizarte un poco con la incertidumbre de la Existencia.

La Existencia es incierta, insegura, peligrosa. Es un flujo; las cosas cambian y se mueven. Es un mundo extraño; empieza a conocerlo. Ten un poco de valor y no mires hacia atrás; mira hacia adelante y pronto esa incertidumbre se volverá hermosa, esa inse­guridad se volverá hermosa.

En realidad, sólo la inseguridad es hermosa, porque la inseguri­dad es vida. La seguridad es fea, forma parte de la muerte; por esto es segura. Vivir sin referencias es la única forma de vivir. Cuando vives con referencias, vives una falsa vida. Las referen­cias ideales, las disciplinas... amoldas tu vida a algo, lo ajustas a ello. No permites que simplemente sea; tratas de convertirla en algo. Todas las guías son violentas y todos los ideales son repug­nantes. Con ellos te perderás. Nunca alcanzarás tu ser. Llegar a ser algo, no es ser. Todo esfuerzo por llegar a ser, todo convertir­se en algo, te hará amoldarte. Es un esfuerzo violento. Puedes ser un santo, pero en tu santidad habrá algo feo. Y te lo digo y te lo recalco: vivir una vida sin ninguna guía es la única santidad posible.

La vida es santa; no necesitas amoldarla a nada, no necesitas moldearla, no necesitas ajustarla a un patrón, a una disciplina, a un orden. La vida posee su propio orden y posee su propia disci­plina. Simplemente fluye con ella, flota con ella, no trates de empujar el río. El río está fluyendo; vuélvete uno con él y el río te llevará al océano. Ésta es la vida del suce­der, no del hacer. Entonces tu ser se eleva, lentamente, sobre las nubes, más allá de las nubes y de los conflictos. De repente, eres libre. Descubres un nuevo orden en el desorden de tu vida. Pero la cualidad del orden es ahora absolutamente diferente. No es nada impuesto sobre ti; es íntimo a la vida.

Los árboles también poseen un orden, y los ríos y las monta­ñas, pero esos no son órdenes impuestos por los moralistas, por los puritanos, por los sacerdotes. No acuden a nadie para que les dé referencias. Su orden es intrínseco; está en la vida misma. Una vez que el ego no está ahí para manipularte, para empujarte o tirar de ti, cuando te liberas completamente del ego, en ti surge una disciplina, una disciplina interior. Carece de moti­vación. No busca nada, simplemente sucede. Es como tu respira­ción, como cuando tienes hambre y comes, como cuando sientes sueño y te vas a dormir. Es un orden interior, un orden intrínseco. Esto aparecerá cuando te sintonices con la inseguridad, cuando te ajustes a tu condición de extraño, cuando te sintonices con tu ser desconocido.

Delante de ti se encuentra la verdadera certeza. Esa verdadera certeza no se opone a la incertidumbre. Delante de ti está la ver­dadera seguridad, pero esa seguridad no se opone a la inseguri­dad. Esa seguridad es tan inmensa que contiene en sí misma la inseguridad. Es tan inmensa que no teme la inseguridad. Absorbe la inseguridad en sí misma, contiene todas las contradicciones. Unos pueden llamarla inseguridad y otros pueden llamarla segu­ridad. En realidad, no es ni una cosa, ni otra. Si sientes que te has vuelto un extraño para ti mismo, alégrate, da las gracias. Es un momento especial; disfrútalo. Cuanto más disfrutes, más descu­brirás que la certeza se está aproximando a ti, que se está acercan­do más y más rápido hacia a ti.

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